martes, 7 de febrero de 2012

Paseábamos juntos, agarrados de la mano, como lo hacen los novios normales. No teníamos vergüenza en besarnos delante de dos mil personas; no nos importaba. No es que quisiéramos mostrar al mundo una de esas relaciones de pareja llenas de amor; mentira solo queríamos mostrárnoslo a nosotros mismos; los importantes de este noviazgo. Éramos unos adolescentes y uno quería más que el otro sintiendo incluso la falta de aire por echar de menos al estar un tiempo alejado. Todo era precioso, de color de rosa. Meses de relación. Una relación con mucha pasión, cariño, dulzura, sudor, calor, regalos, detalles, risas y llantos. Pocas discusiones y todas las reconciliaciones fueron de una manera sofocada, dos cuerpos ardientes que en ocasiones advertían quemar. Todo era perfecto. Teníamos todo lo que queríamos tener. Una persona a la que querer, una felicidad extrema, ilusión y una persona que saciara las ganas de ambos por juntarnos y ser uno; fundirnos en una de las camas de una de nuestras casas. Lo hacíamos con amor, con pasión. Me daba besitos por el cuerpo y yo me agarraba a su cuerpo mediante pequeños mordiscos que más tarde acababan siendo moratones, más no queda decir que luego me regañaba y yo, reía y reía; con mucha sinceridad. Cuando íbamos con sus amigos decían que éramos idiotas y unos empalagosos y, cuando íbamos de fiesta la noche era perfecta. Alcohol y mucho amor. Y un bonito despertar frente a su cara, frente a sus ojos, su boca. Una lucha de almohadas, plumas volando por la habitación, uno encima del otro y besos con mucha fuerza, con mucha dulzura. Una despedida en la puerta de mi casa con una camisa suya puesta y él vestido. Un beso apasionado sabiendo que luego volvería a buscarte. Hasta que un día no volvió. Salisteis juntos de casa pero cada uno por su lado sin querer saber nada de esa relación que tal vez nunca debió ser efímera. Llegando a vuestras respectivas casas empezáis a encontraros con los recuerdos: fotos, besos, pancartas, alegrías, muñecos, regalos, caricias. Un intento fallido al querer retomar un amor joven y loco pero que nunca pudo volver a ser como antes. Dos corazones rotos debido a ser amados cada día, cada hora, cada minuto, cada segundo. Un pequeño placer que hizo que la vida fuera más bonita, más esencial, más sofocada hasta que en un sofocado suspiro os despedisteis. Porque esto es así; la vida te quita lo que más te cuesta

No hay comentarios:

Publicar un comentario